
La presencia de una pareja de palomas en frente de mi ventana me preocupa desde hace meses. En un principio les di de comer, les hablé y les puse nombres. Pero esa relación idílica fue deteriorándose poco a poco hasta llegar a romperse por completo. Los motivos: sus dos pichones muertos pudriéndose lentamente, sus constantes deposiciones y sus regurgitaciones alimenticias. Son dos palomas bastante feas, flacas, grisáceas y algo desplumadas. Este tipo de palomas inunda Buenos Aires aunque es verdad que también hay de las gordas con gran buche y diversos plumajes. Esto me hizo pensar (equivocadamente) que ese subgrupo de palomas clase B (con los animales sacamos a pasear nuestro racismo sin que nadie nos acuse de discriminadores) había evolucionado de esa manera al estar expuesto al hostil hábitat urbano. Es decir, adaptadas a comer basura, al smog y la contaminación. Luego leyendo un poco sobre la teoría de la evolución del amigo Darwin descubrí mi error. Las especies no evolucionan debido a las características del entorno sino que los cambios obedecen a cuestiones genéticas que actúan aleatoriamente. Algunos de estos cambios físicos favorecen la adaptabilidad y por ende son esos especímenes los que logran imponerse en el proceso de selección natural. Entonces creo que esas palomas desplumadas, desgarbadas y aceitosas están mejor adaptadas a la vida en la urbe y más allá de su mérito evolutivo las voy a echar porque me caen mal.